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(09/03/2012)

Lecciones de resiliencia desde Japón

Margareta Wahlström Enterrada por la cobertura mediática que recibió el gran terremoto del año pasado en la zona oriental de Japón podemos encontrar una historia de éxito que el mundo no debe perder de vista, porque nos dice mucho acerca de cómo manejamos los riesgos en el siglo XXI. Es la historia de cómo el pueblo japonés, a través de siglos de evocaciones y experiencias compartidas, han aumentado su resiliencia frente a los desastres naturales. En efecto, al momento de que el mar se encabritó para devastar las costas del país el 11 de marzo de 2011, más del 90% de la población en las zonas afectadas ya había huido en busca de seguridad.

NUEVA YORK – Enterrada por la cobertura mediática que recibió el gran terremoto del año pasado en la zona oriental de Japón podemos encontrar una historia de éxito que el mundo no debe perder de vista, porque nos dice mucho acerca de cómo manejamos los riesgos en el siglo XXI. Es la historia de cómo el pueblo japonés, a través de siglos de evocaciones y experiencias compartidas, han aumentado su resiliencia frente a los desastres naturales. En efecto, al momento de que el mar se encabritó para devastar las costas del país el 11 de marzo de 2011, más del 90% de la población en las zonas afectadas ya había huido en busca de seguridad.

Dicha seguridad se vio expuesta aún a más peligro debido a la fusión accidental de los reactores nucleares en la planta de Fukushima Daiichi, una catástrofe con la que Japón todavía tiene que lidiar. Sin embargo, el país puede sentirse reconfortado porque hoy muchos de sus habitantes, especialmente muchos niños, están vivos gracias a los sistemas de alerta temprana, los ejercicios de simulacros de emergencia, y el fuerte énfasis en la reducción de riesgos en casos de desastres del programa escolar.

El mundo ha prestado mayor atención a la reducción de la pérdida de vidas en desastres naturales. Y, sin embargo, mientras que el riesgo de mortalidad en relación con el tamaño de la población está disminuyendo, los desastres continúan interrumpiendo las vidas de más de 200 millones de personas cada año. Por otra parte, los costos económicos se han disparado: el año pasado se alcanzó la cifra récord de $380 mil millones en pérdidas que contaban con seguros contratados.

En el transcurso de los últimos 40 años, la población mundial casi se ha duplicado, llegando a siete mil millones de personas; pero, la exposición global a los ciclones tropicales casi se ha triplicado. Más de 100 millones de personas se han visto expuestas a inundaciones, y alrededor de 370 millones de habitantes viven en ciudades propensas a terremotos.

Teniendo en cuenta el rápido ritmo de urbanización, y la base de la tecnología que requiere una ciudad bien dotada de recursos, el riesgo de “fallo sincrónico” crece de manera constante, tal como lo demostró el gran terremoto de Japón Oriental. El terremoto interrumpió secciones críticas de la red eléctrica de Japón, incluyendo el suministro de energía necesario para enfriar el combustible ya utilizado en Fukushima, mientras que el tsunami desactivó los generadores de reserva en la planta, esto dio como resultado el peor desastre nuclear desde el accidente de Chernóbil en Ucrania en el año 1986.

La lección a generalizarse debe ser clara: cuando un desastre natural causa estragos en una red eléctrica, existe una alta probabilidad de sufrir impactos en cascada en los sistemas dependientes, como por ejemplo en los sistemas de servicios bancarios y financieros, servicios gubernamentales, servicios de transporte y comunicaciones, y el servicio de agua potable. Es más, a medida que surgen nuevos conductores de riesgo e interactúan entre si, se ponen en tela de juicio los supuestos de larga data acerca de desastres. En el año 2010, la zona occidental de Rusia experimentó en el mes de julio temperaturas que llegaron a casi 8° C por encima de la media a largo plazo; esto, junto con la falta de lluvias, condujo a incendios forestales a lo lardo de 800.000 hectáreas de campos áridos, bosques y turberas.

Moscú y sus alrededores, con una población de más de 15 millones de habitantes, estuvieron cubiertos por el humo durante muchas semanas. Se vieron afectadas, de manera especial, las personas con enfermedades cardiovasculares y respiratorias, los ancianos y los niños más pequeños. Durante y después de los incendios forestales, la tasa de mortalidad de Rusia aumentó en un 18%.

El año pasado las inundaciones en Tailandia dejaron a unas 700.000 personas sin trabajo y esto desencadenó una serie de repercusiones económicas en todo el mundo. The Economist informa que el banco estadounidense JP Morgan ha estimado que dicho desastre entorpeció el avance de la producción industrial global en un 2,5%, este es un porcentaje sorprendentemente muy alto. La exposición económica a las inundaciones aumenta más rápidamente que el PIB per cápita en todas las regiones.

La felicidad humana y el bienestar económico también se ven afectados por el cambio climático, mismo que puede estar contribuyendo a lo que podría llegar a ser el tercer año consecutivo de sequía en el África subsahariana; y, todo esto ocurre en medio de crecientes preocupaciones por la seguridad alimentaria en un mundo donde viven un mil millones de personas desnutridas.

El tsunami asiático de diciembre de 2005 sacudió y sacó a gran parte del mundo de su letargo en cuanto a su preparación para casos de desastre.  Al mes siguiente, 168 países adoptaron un plan internacional para la reducción del riesgo de desastres en la Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres que se llevó a cabo en la ciudad de Kobe, Prefectura de Hyogo, ciudad que el año 1995 fue el escenario de uno de los peores terremotos de Japón en el cual se perdieron más de 5.000 vidas.

Como resultado de la mencionada conferencia se preparó el documento denominado Hyogo Framework for Action 2005-2015 (Marco de Acción de Hyogo 2005-2015), dicho momento marcó un hito, ya que estableció que las acciones relacionadas a la reducción de riesgos frente a desastres y a la adaptación al cambio climático son características distintivas de una buena gestión pública. La mayoría de los países que se benefician del Marco de Hyogo no tienen la larga experiencia histórica de Japón en cuanto a combatir peligros naturales. El marco les puede ayudar a comprender su exposición y vulnerabilidad en el mundo peligroso de hoy en día, y a establecer prioridades de acción en el desarrollo de una cultura de prevención.

Ya que el Marco de Hyogo está llegando a su fin, es preciso comenzar a pensar desde ahora en su reemplazo, el cual nos guiará a través de los escabrosos riesgos que surgen en el mundo urbanizado e interdependiente del siglo XXI.

La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción de Riesgos de Desastres ya ha comenzado a hablar con los gobiernos, los interlocutores de los gobiernos locales, y un amplio espectro de organizaciones de la sociedad civil para preparar un nuevo marco que esté listo a tiempo de celebrarse la siguiente Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres en el año 2015, que de manera no sorprendente se celebrará nuevamente en Japón. El resultado sin duda reflejará lo aprendido del terremoto y tsunami del pasado año, y tratará de fomentar un compromiso político y económico más profundo, en todo el mundo, con relación a la resiliencia frente a desastres y la reducción de los riesgos que conllevan dichos desastres.

Margareta Wahlström es la Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres y dirige la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción de Riesgos de Desastres (UNISDR)

Copyright: Project Syndicate, 2012.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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Fuente: Project Syndicate

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